¿Cuántas veces nos pasó cuando estamos en alguna charla de perder el hilo de lo que dice el expositor?  A veces nos abruman con tanta información que no alcanzamos a digerirla o lo peor, nos aburrimos. A pesar de nuestras buenas intenciones y de hacer fuerza, el presentador no logra captar nuestra atención y nos desconectamos del mensaje que nos quiere comunicar.

En la misma línea, ¿cuántas veces nos pasó de mirar una película o leer un libro, engancharnos y no poder parar  hasta el final? Y no sólo eso: seguir acordándonos por mucho mucho tiempo de lo que trataba. Lo recordamos porque nos generó algún tipo de emoción, nos entusiasmó, nos entristeció o nos sentimos identificados con aquella historia.

Bueno bien,  es sabido que una buena historia vale más que mil datos “científicamente comprobados”. ¿Y si aprovechamos el storytelling (el arte de contar una historia) para dirigirnos a nuestros colaboradores? Ya sea para generar un cambio,  para convencerlos de algo, para informarlos, inspirarlos o motivarlos, una buena historia nos garantiza un camino más directo al éxito de nuestra exposición.

Hay al menos tres cuestiones que debemos tener en cuenta a la hora de pensar en realizar una presentación explotando este recurso. En primer lugar, es necesario generar un engagement en la audiencia, es decir,  conectar con ella. Para esto,  es fundamental conocerla, saber cómo es y cuáles son sus expectativas.

En segundo lugar, debemos atraparlos, captar su atención desde el principio y mantenerla hasta el final. Los ejemplos, las historias, las anécdotas, las analogías ayudan a captar el interés de nuestra audiencia y a mantenerlo hasta el final. Además, es importante tener en cuenta que podemos desconectar con ella si la idea fundamental no es evidente o no están claros los objetivos de nuestra presentación.

Por último, es esencial (y le brinda un plus al mensaje que queremos dar) promover el recuerdo. Que nuestra audiencia, una vez finalizada la presentación, siga recordando la idea central, el objetivo fundamental de la misma. Como decíamos en un principio, llenar de información a la audiencia no ayuda a su comprensión ni a su recuerdo. Por lo tanto, una buena presentación debe ser fácil de seguir y de comprender pero, sobre todo, de recordar. Y esto, además, es sumamente importante si a su vez pretendemos generar un cambio en nuestros colaboradores.

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