Hace muchos años un apenas conocido entrenador de baloncesto, Dean Smith, expresaba estas palabras a su alumno: “Michael (Jordan), si no puedes pasar la pelota, no puedes jugar”.

Seguramente la historia no hubiera sido la misma si estas palabras no hubieran existido, ¿no?
Tener la capacidad de elegir las palabras precisas y decirlas en el momento oportuno para el otro no es una habilidad innata, un don natural para algunos elegidos; sino algo que se puede adquirir.

Esto conlleva un desafío y, en principio, requiere dejar de mirar a otros para mirarse a sí mismo. Porque es ahí donde el cambio puede ser posible. Y en las organizaciones el primer eslabón de este cambio son sus líderes.
Hay una diferencia entre ser un líder y ser un líder-coach. Ser un líder es ser un guía “para” otros, en cambio ser un coach líder es serlo “con” otros. Y esta diferencia no es menor.

El lugar desde donde cada persona ejerza su liderazgo marcará la tendencia en el clima interno de su equipo, en el engagement y en el sentido de pertenencia con la organización.

Algunas claves para un líder-coach:

Potencia a las personas: crea un diálogo de confianza donde posibilita a cada integrante reconocer sus potencialidades y cuáles necesita incorporar.
Convierte los “no” en “sí”: permite establecer objetivos en términos positivos, pensando en lo que sí se quiere lograr y en qué tiempo.
Despierta la reflexión: no saca conclusiones individualmente sino que genera preguntas claves para posibilitar en el equipo nuevas respuestas.
Predica con el ejemplo: es la primera persona en poner las palabras en acción e implementar los acuerdos o disposiciones planificadas.

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